sábado, 19 de marzo de 2011

ANTIPODAS

Carmela no sabia que la poesía estaba domesticada, ni sabia que la literatura solo servia a aquellos que creían que le sobraba alma, ni que la filosofía estaba tan extraviada como un niño dentro de un circo, ni que todo lo demás mas aun valía callampa. Carmela era feliz, hasta donde se alcanzaba a notar, pero Samuel no la entendía; ella decía cosas de sí que él no veía, y pensaba que hacia tiempo que él no veía algo. a donde posaba sus ojos y algo mas, todo era transparente, aunque le mintieran pues podía notarlo e ignorarlo. Como muchas personas Samuel valoraba solo lo que no entendía.

Carmela se rendía ante las letras con la devoción de una virgen fanática, caía de rodillas y cada palabra leída era como si le sangraran las rodillas: "para olvidar a una mujer, conviértela en literatura" y como con la noticia de una buena nueva, se la decía a Samuel, pero Samuel no escribía... ni cantaba ni bailaba ni sonreía ni se inmutaba, era un penitente estoico por falta de sorpresas.

Carmela no se rendía ni jamas observaría lo que veía Samuel, pero Samuel a ella no la veía, no podía, esa mirada de estúpida sorprendida tapaba todo, ocultaba la esencia que Samuel ya no aguantaba no ver. Todo terminaría mal. Carmela y Samuel eran y son ideas irreconciliables que viven una al lado de la otra como el padrastro y el hijo con olor a vino distinto... terminaría mal, el "hijo Samuel" no aguantaría y le echaría en cara al "padrastro Carmela" que no sabe ver y que no sabe toca a la madre literatura, que solo la penetra y saca de ella su néctar, que no recibe el apoyo de esta, que no la ve como una madre que no sabe otra cosa que ser madre, que en sí misma esta perdida porque el padre esta perdido; A Carmela y a Samuel le faltaba el tercer tercio, de ellos no se hacia uno, faltaba el padre que calmara al "hijo Samuel" y que aterrizara al "padrastro Carmela" y que convierta para los tres a la literatura en madre, profesional y mujer...

el rayo cayo temprano sobre ambos, Carmela leía el libro de turno a Samuel, quien la miraba examinándola mientras ella tonta no se daba cuenta. ¡No se daba cuenta! de lo horrible que es sentir esa mirada sondeadora sobre tu cara, sobre tu ser, como si cada arruga despreocupada fuera la evidencia de lo que eres, lo que dices y estas por hacer; Samuel saco un cuchillo de su espalda, lo empuño con fuerza y clavo con fría indiferencia sobre el corazón del libro, quedando Carmela quieta, como recibiendo la peor sorpresa de su vida y no sabiendo que hacer, Samuel la miraba absorto y de la nada le grito que no disfrutara de nada!!...

Es fácil pensar que a Samuel le callo un golpe del cielo y a Carmela la llevaron los ángeles a sanarle el trauma, pero la justicia divina solo ocurre en el cielo y solo para mandar weones al infierno; falto el tercio, a quien miraría Carmela y a la vez mirara a Samuel. No fue una desgracia, solo un malentendido cruel, carencia de imágenes para entender lo que ellos debían entender... Finalmente, ni se perdonaron ni se hablaron, Carmela tenia el derecho de sentirse herida, Samuel de hecho lo estaba. Una vez quedaron en juntarse. El día anterior, y aprovechándose de su estoicismo, Samuel se quitó los ojos y al otro día, Carmela, no se dio cuenta.

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